Leyendas de Jerez, Zacatecas – El Espejo Frances

By ZacatecasUSA

EL ESPEJO FRANCES

La villa de Jerez se hab?a transformado bastante en los m?s de dos siglos que ten?a de existencia. Recientemente se hab?a derribado el templo de la Limpia Concepci?n a instancias del Bachiller Bartolom? Cervantes Negrete, edificando en su lugar una suntuosa iglesia que ser?a la sede de la Parroquia de Jerez. Quienes lo idearon pensaron en hacer una construcci?n bastante s?lida, orientando adem?s su fachada hacia el este, para que recibiera la mayor cantidad de luz solar. Los ya ricos descendientes de los fundadores de la Villa ten?an sus residencias en las calles del lado sur de dicho templo. En estas todo ostentaba riqueza y abundancia; reinaba el lujo y el buen gusto.

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Quiz? nuestros abuelos recuerden c?mo en su juventud, la manera de cortejar a la novia era a base de cartas dejadas en determinados lugares, pl?ticas a escondidas; pero en tiempos mucho m?s remotos las delicadas flores y coloridos listones constitu?an el misterioso y simb?lico idioma de la galanter?a y el amor.

Incluso al vestir con ropajes de determinado color se anunciaba a los no profanos diferentes estados de ?nimo. El negro, como ahora, indicaba tristeza y luto. El rojo encarnado, majestad y grandeza. El blanco y rosa, inocencia, castidad y virtud. El verde, esperanza y libertad. El azul, celos y el morado, viudez.

Adem?s, el llevar ramilletes de flores o portar alguna en el ojal del saco dec?a m?s que mil palabras.

Si era un caballero quien portaba un clavel rojo en la solapa, con ello dec?a: “Te amo, como rendido, galante y apasionado caballero”. Si llevaba la flor del girasol, ped?a con ella “una mirada de cari?o”. El narciso indicaba: “soy tu esclavo”. La acacia, elegancia, finura y compostura.

Si la dama era quien peinaba sus cabellos o cobijaba con sus manos ramilletes de “pensamientos” dec?a al pretendiente con ello “te adoro como a un ser del cielo”. Si era de siempreviva: “siempre vivir?s en mi coraz?n. Al llevar una corona de rosas o gardenias blancas, indicaba que “yo tambi?n te amo”. Los alhel?es eran el s?mbolo de la belleza durable. La an?mona de perseverancia. La flor de la amapola, el consuelo. La azucena, la pureza. Y la pasionaria azul, el dolor amargo y creencia religiosa.

Una de las casas situadas en la primera manzana de la calle que nac?a al costado sur de la parroquia ostentaba dos laboriosos barandales llenos de emplomados que resguardaban una amplia sala, en la que una lujosa ara?a de bru?ido cristal, de doce velas, pend?a del cielo raso pintado con maestr?a y gusto; elegantes rinconeras soportando costosos floreros; un brillante reloj de primorosa construcci?n marcaba las horas. En el centro, un excelente piano de cola, con elegantes incrustaciones y sobre ?l, un magn?fico espejo franc?s de dorado marco. El terso teclado era pulsado h?bilmente por dos manos peque?as y torneadas. El espejo era cont?nuamente espiado por dos negros ojos, grandes y rasgados, de mirada melanc?lica que esperaban encontrar en ?l algo m?s que el reflejo propio. Luego, ante la desesperanza, las teclas del piano eran olvidadas, mientras que con tristeza, la due?a de tales ojos extra?a una peque?a carta de su seno y la le?a y rele?a mirando constantemente al espejo.

Dos a?os hab?an transcurrido ya desde que un jueves de Corpus se encontraran en una “jamaica”. A?n recordaba con agrado esa “jamaica”. Se hab?an improvisado a ambos lados de la calle, ligeras y pintorescas tiendas de flores y enramadas, donde las se?oritas despojadas de sus elegantes vestidos de seda, vest?an alg?n gracioso traje popular, vend?an dulces, tamales, aguas frescas de frutas y atoles de leche a los concurrentes. Otras se fing?an agentes de polic?a y conduc?an al amigo que gustaban a una ernamada prisi?n, donde las carceleras les pon?an grilletes de olorosas flores.

En otros puestos vend?an mole, chiles rellenos, sabrosas enchiladas, mientras que algunos m?sicos tocaban escogidas sonatas.

El la hab?a sorprendido con su apostura, nunca lo hab?a visto en Jerez, hasta esa tarde de Corpus, cuando ella atend?a una de las vendimias de la “jamaica” (similares a las actuales kermesses”).

Despu?s, los encuentros eran aparentemente casuales. Tambi?n recordaba cuando ella acud?a a los oficios religiosos escondiendo dentro de su libro de Devociones de pasta labrada y luciente concha, adornado con manecillas de oro, un lazo peque?o, blanco, azul, amarillo y tornasolado, con el que discretamente le hac?a saber a su enamorado que ella le correspond?a, ya que ?l portaba un pa?uelo azul y ca?a, con el que le ped?a que se acordara de ?l y no lo olvidara.

La severidad de sus padres estaba acorde a la ?poca, por lo que muy dif?cil para ellos era el poder demostrarse su amor oralmente. Todos los d?as en la sala de su casa aprovechaba el elegante piano de cola y por medio de ?l pretend?a externar sus sentimientos. Sobre el piano hab?a colocado un peque?o espejo ricamente enmarcado y convenientemente orientado hacia la calle.

As?, pod?a contentarse con la muda comunicaci?n que pod?a tener con su amado, cuando este pasaba con discreci?n ante los barandales de la casona.

Por breves momentos se deten?a, haciendo que su imagen se reflejara ante el espejo y le devolviera la celestial mirada de un apacible rostro. Las ?ltimas vibraciones del piano expiraban, heridas las teclas por la delicada presi?n de los nevados dedos que llevaban ante el espejo un ramillete de flores de color rub?, diamante, turquesa, esmeralda y coral, con lo que indicaba “te adoro y me casar? contigo y ser? fiel esposa”. Tambi?n el enamorado mostraba al asegurarse de que su iamgen era reflejada en el espejo, un bot?n de rosa con espinas y hojas, contest?ndole: “Temo, pero espero”.

Diariamente se suced?an los breves encuentros amorosos plat?nicos, pues ?nicamente se complac?an en la contemplaci?n, en la admiraci?n mutua y en la utilizaci?n del galante lenguaje de las flores, los colores, las cintas y las melodiosas notas del piano.

La tranquilidad provinciana que permit?a que d?a a d?a se sucedieran estos peque?os detalles, con los que no se pretend?a burlar la autoridad paterna, sino establecer un mundo ?ntimo, secreto y diferente, se vi? bruscamente interrumpida por causas pol?ticas.

Zacatecas fue despojado de su riqueza, al haber presentado resistencia a las absurdas disposiciones del General Santa Anna. Feruon desmanteladas las ciudades de Fresnillo, Sombrerete, Guadalupe y Zacatecas, aparte de que se le otorg? la autonom?a a Aguascalientes. Anteriormente a esto, Garc?a Salinas hab?a pedido la cooperaci?n de todos los zacatecanos para repeler el ataque centralista, haciendo circular un bando donde se ordenaba que todos los vecinos se presentaran a tomar las armas, so pena de ser multados o encarcelados.

Muchos fueron los jerezanos que acudieron a tratar de ayudar para que el gobernante zacatecano mantuviera la estabilidad de la entidad; entre ellos el enamorado de la joven que tocaba todos los d?as el piano de cola.

Con l?grimas en los ojos ella ley? la breve nota que le hab?an hecho llegar, en la cual ?l le aseguraba su pronto regreso y entre otras cosas le dec?a:

“…S? dichosa, con dulzura
digo yo, cual tierno amante
que te adora;
y tu piano que murmura
te responde en el instante:
?Sufre y llora!
Y mi voz por valle y monte
ir? tu nombre enalteciendo,
ni?a hermosa;
y al pasar el horizonte
marcha el eco repitiendo:
?S? dichosa!
Busca entonces el consuelo
en la imagen que el espejo
no refleja,
y responde a mi desvelo
y al dolor que te importuna:
?Sufre y vela!.”

Dos a?os y el espejo no reflejaba la imagen querida, ella vest?a siempre delicados vestidos bordados de blanco y sobre cuyo pecho resaltaba un gracioso lazo tornasolado, en espera de que llegara el ser amado y demostrarle as? que “su amor va m?s alla del sepulcro”.

Las romanzas y sonatas que se escapaban del piano y de sus manos se o?an cada vez m?s tristes, y m?s tristes estaban los ojos que buscaban in?tilmente en el espejo franc?s una imagen muchas veces so?ada. Entonces buscaba el consuelo -como ?l lo pidiera en su carta- en la imagen no reflejada por el espejo, y sufr?a y velaba…

Pronto las viejas murmuradoras la empezaron a se?alar entre cuchicheos, cuando ella acud?a a la cercana Parroquia a orar, como “la loca del espejo”.

Dicen que un d?a los acordes del piano semejaron por breves momentos un himno de felicidad, que se interrumpi? bruscamente al desplomarse ante el blanco y negro de sus teclas el cuerpo de quien se reuniera con quien hab?a querido entra?ablemente. Tal vez al fin el espejo franc?s se llen? con la imagen tantas veces esperada.

En la noche de los tiempos se pierde el destino de los due?os de esa finca, misma que se conoc?a como “la casa de la del espejo”, nombramiento que con el paso de los a?os se hizo extensivo a toda la calle, que a?n se conoce como “la calle del Espejo”

Matilde Cabrera se enamora de un gallardo jinete, al cual puede ver a trav?s de un espejo colocado sobre un piano. Por mucho tiempo lo espera, y al no llegar, ella enloquece de dolor, muriendo poco despu?s.

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